Wilgefortis fue una nonelliza nacida en Portugal en el siglo VIII, hija del rey. Sus padres dejaron a sus hijas bajo el cuidado de una esclava católica, que las amó y les enseñó a rezar. Las niñas eran bien comportadas y nunca dejaban la cama sin hacer. Acompañaban a la criada en todos sus quehaceres aprendiendo, a diferencia del resto de las princesas europeas, las artes de las tareas domésticas. De todas las hermanas, Wilgefortis siempre fue la que más llamó la atención de todo el reino por sus ademanes duros y cierta profundidad en la mirada poco común en chicas de su edad. Los esclavos la miraban con deseo mientras caminaba por el jardín y ella, una tarde de otoño, tomó las tijeras más grandes que encontró en el cobertizo y se las mostró diciéndoles que Dios iba a hacerles caer hojas filosas sobre su genitales. Los esclavos rieron y se bajaron sus pantalones, mostrándole así las erecciones que su niñez les generaba.
Al llegar Wilgefortis a la edad de doce años, ya esbozaba unos prominentes pechos bajo sus vestiduras adolescentes. Cuando se agachaba para cargar las jarras con agua del río, sus oscuros pezones asomaban fuera del corset real. Tanto así fue que un rey musulmán se interesó en ella y fue prometida en matrimonio por parte de su padre. La noche del compromiso, se organizó un festín en el castillo y Wilgefortis, por primera vez, fue sentada en la mesa con los reyes. Se sirvieron carnes asadas, pescados, papas condimentadas y el mejor vino. La niña prometida, sintiendo una piedra en su estómago, no probó bocado y pidió ser excusada de la cena.
Esa noche, atormentada por su futuro como esposa de un hombre que despreciaba, le rezó y suplicó a Dios para que la haga tan repulsiva como un sapo abierto al medio y a cambio le prometió su virginidad, sellando así un voto de castidad del que todo el reinado pronto supo.
En los meses siguientes, Wilgefortis se vio consumirse y pronto todas sus ropas le quedaron demasiado grandes. En sus ojos calavéricos podía verse el reflejo de los pecados de quienes animaban mirarla fijo y sus uñas fueron desprendiéndose de sus dedos una a una, hasta dejar la carne suave y expuesta. Sus padres, iracundos al verla afearse, ordenaron a los esclavos sostenerle la boca abierta y forzar panes y guisos por su garganta. Los esclavos hicieron como fueron ordenados. La ataron a una silla y la obligaron a comer mientras jugaban con sus pechos y lamían los jugos de la comida que chorreaba desde su boca desgarrada a lo largo de su cuello. Al terminar la sesión, Wilgefortis fue corriendo al jardín en donde con una rama del árbol más viejo se provocó el vómito dentro de un cuenco que colocó bajo la almohada del esclavo que más la tocó.
En la noche previa al matrimonio, Wilgefortis se despertó envuelta en sudor. Al mirarse, notó cómo el vello estaba creciendo en sus manos, brazos, piernas, sexo y cara. Para cuando salió el sol y el reino entero pudo verla, Wilgefortis se había convertido en una mujer desnutrida y barbuda y se paseó por los pasillos de palacio real mostrando su nueva condición. La gente, escandalizada, corrió lejos de ella creyendo que había sido poseída por algún demonio y Wilgefortis se rió a carcajadas mientras trenzaba sus largas barbas. El rey, consciente de que ya no podría casarla, ordenó hacerla crucificar.
Wilgefortis fue amarrada con fácilidad y arrastrada sobre la ladera de la montaña. Una vez alcanzada la cúspide, fue su mismo padre quien martilló los clavos sobre las extremidades de su hija masculinizada quien lo miró en silencio y, con sus últimas fuerzas, le escupió los ojos. Las hermanas, horrorizadas, lloraron a sus piés hasta que se desangró y murió en silencio. La lluvia de la madrugada limpió su sangre y se llevó consigo uno de sus zapatos dorados, dejándola pudrirse sola y semi descalza.
2019 - Buenos Aires