Para salir de la cabeza de P, tuvo que estar años, sino décadas, golpeando incansablemente contra el cráneo. Un cráneo particularmente duro, parece, que le hizo de hogar hasta que estuvo desarrollada y lista para salir al mundo. No es que P no fuese un mundo. P se había hecho fama, entras las pequeñas bestias, de ser uno de los huéspedes más contradictorios y, por esto, difíciles de dejar. Fueron justamente estas contradicciones, de las que las pequeñas bestias se alimentan, las que la hicieron lustrosa, negra sedosa y hasta con dos patas de más: una verdadera pequeña bestia especial cuyo destino sería, inequívocamente, crear más.
Al salir de P, P no murió: las pequeñas bestias son realmente muy pequeñas. Los agujeros que cavan para salir de los cráneos hacia el mundo son apenas más gruesos que la mitad de un pelo. P habrá sentido, tal vez, una rara picazón, un dolor inexplicable y breve y habrá encontrado, al despertarse vacía, un hilo de sangre roja sobre la almohada. Una corta visita al doctor seguramente le diagnosticó una incipiente infección que pronto, con algún tópico de venta libre, se le curó. P no murió más, seguro, tampoco volvió, ni volverá, a sentirse igual pues P, como todo huésped, se encontró, al irse la pequeña bestia, con sí mismx por primera vez; lo que, en la mayoría de los casos, vuelve al ex-huésped un poco locx al no entender qué hacer con tanto espacio.
La pequeña bestia, luego de 20 años viviendo entre el cerebro y el cráneo de P, se estiró sobre la almohada: primero las dos patas delanteras, luego las dos del medio y, por último, las dos de atrás. Con una de las patas, se limpió su ojo: todavía no estaba listo, debería acostumbrarse a vivir fuera de las ideas de P. No le resultó extraño notar, inmediatamente, que no extrañaría jamás a quien había sabido ser su hogar. Se deslizó de la cama al piso y así, sin mirar atrás, fue la última vez que la pequeña bestia pensó en P.
Al llegar a la puerta, se tomó unos segundos para sentirse firme: la pequeña bestia ahora, sin duda, existía: ya no parásito, ya no dependiente de las distorsiones ajenas para crecer. Adulta, orgullosa y lista, la pequeña bestia salió de la casa.
Una vez afuera lo notó: podía verlo todo. Su ojo, lo único en su cabeza, había madurado y era, ahora, capaz de ver no solo los loopholes, pequeños agujeros hechos por antiguas pequeñas bestias en el espacio-tiempo, sino algo más: esta pequeña bestia, por bien alimentada, podía ver preguntas y fue esto, principalmente, lo que le comprobó que era verdad lo que ya sentía: era la elegida. Era la nueva reina.
Capaz de ver preguntas en cualquier momento y en cualquier lugar, la pequeña bestia se trasladaría, al encontrar alguna que le resultara propicia, alguna pregunta que indicara que quien se la estaba haciendo sería un huésped ideal, y la llenaría, imperceptible y velozmente, de pequeños huevos perlados. Pequeñas bestias en pequeños huevos.
La pequeña bestia cerró su ojo, se concentró, lo abrió 360 grados, miró con cuidado y eligió la primera pregunta a llenar de pequeños huevos. De hecho, no la vio una, sino miles de veces, en su tiempo y muchos otros, y eligió dirigirse a todas a la vez, pues esta bestia, por reina, lo podía hacer.
La miró una vez más, excitada, mientras se concentraba en producir sus mejores huevos:
"¿Qué tengo en la cabeza?".
Y la fecundó.
Berlin - 2023