La primera vez que me morí tenía un minuto de vida. Sí. Así de cruel. Duré un solo minuto en este mundo hasta que me ahogué. No tuve tiempo para ser pecadora y aunque pensé en chuparle la pija al doctor que me sacó de la conchita de mamá, no me dio ni la fuerza ni el tamaño de las manos ni la vida. Habrá sido por las ganas insatisfechas que renací como parisino homesexual. De vergas mucho, de noches varias. Tenía una especial predilección por tomar líneas de merca delicadamente alineadas sobre pijas negras. Me sentaba en el inodoro de la disco con la puerta abierta a esperar que vengan los negros con las vergas al aire, ponérselas duras de una buena mamada y pintarles una línea de magia blanca sobre las venas que, con la ayuda de una tarjeta personal, inhalaba intercambiando entre una fosa y otra, para equilibrar. Fue sobre ese inodoro que me dió la sobredosis pero no fue eso lo que me mató sino el disgusto de ver a mis negros tomando mi merca sobre mi pito flácido mientras convulsionaba. Habrá sido por el sacrificio que volví como curandero tailandés. Me paseaba por Khaosan Road en Bangkok buscando mujeres rotas y les ofrecía healing, no penetration, only healing. En mi cuarto al fondo de una galería era adonde las llevaba. I can open you like a flower, mi motto. Mis mujeres rotas se acostaban en mi cama y yo les curaba los dolores del alma mostrándoles vhs de películas americanas. Después les sacaba una foto, abiertas en flor, y las devolvía impolutas a la calle. Lo que me mató no lo sé pues yo estaba de espaldas cuando caí seco al piso. Habrá sido por la delicadeza que cuando me desperté era maestra jardinera en el sur de Alemania. Los niños y el porro, un solo corazón. Mi corazón, al menos. Café con leche, porro, clase, chicos, porro, almuerzo, juegos, porro, recreo, casa, tele, cena, porro, porno, chicos. No hubo nada más que esas cosas en mi cuarta vida. Morí bien vieja, tan vieja que nunca pude acordarme de qué habré muerto pero sospecho que de abstinencia. Habrá sido por el aburrimiento que en mi quinta y última vida fui esto. Soy esto. Somos esto. Mi identidad está dividida en la pluralidad de nosotros que actuamos por separado pero constituimos una sola unidad indivisible. Desde el concepto, claro, y desde la estructura también. Pero yo soy la directora, la célula madre, la pitonisa, la arcángel, la diosa, la editora de este diario invisible en el que escriben todos pero publico yo. Este no es trabajo fácil pero con tanto esfuerzo en vidas pasadas me lo ganó el sudor y la sangre y los jugos genitales, que ya no tengo, claro, eso lo tuve que resignar. Pero no extraño lo que ya no soy capaz de desear y en esta existencia tengo puesta la vista solo en encontrar más, en ser más y en evolucionar. Eso es importante. La evolución. Sin evolución solo existe la extinción y yo no soy de las que dejan de existir sin más, no no no no no, t t t t t. Yo soy la guía de este movimiento y como tal me quedo quieta en un solo lugar. No necesitamos hablarnos ni llamarnos ni decirnos nada porque lo que yo pienso, lo piensan los demás, lo que yo muevo, lo mueven los demás y si alguno aprende algo más allá donde yo no estoy ni nadie más está, lo extiende a la unidad. Lo que buscamos son nuevos territorios en donde clavar mi bandera que ojo, no es negra. Me gustan los terrenos fértiles, jóvenes, templados pero eso no nos impide llegar a otros lados donde las condiciones son desfavorables. Es así como desarrollamos nuevos nosotros, nuevos yo. Son todos hijos míos, hijos de fervor, portadores de mi información. Mi familia, mi amor.
Buenos Aires - 2020