Hoy no tengo ganas de escribir. No tengo ganas de hacer nada, en verdad, más que salir corriendo y hacer cosas re subversivas como caminar por el Parque Rivadavia, tomarme un bondi o saludar al portero con un beso. Ayer me fui a dormir muy tarde, casi 7am. Me quedé bailando sola en mi cuarto, borracha y loca. Me desperté de mal humor, bajé las cortinas e ignoré que el mundo existe, que era de día, que no regué las plantas, que hay una pandemia, que un surfer se fugó a Ostende y que no comí al mediodía. Me quedé tirada en mi cama porque la luz se filtra roja por la cortina y pienso que estoy en otro lugar, en un no lugar. Hoy no tuve ganas en todo el día de estar acá pero no puedo estar en otro lugar más que acá. A las 21hs subí el volumen de la música para no escuchar los aplausos porque está bien, lo entiendo, juro que lo entiendo y no es de conchuda, es que me perturban, gritan los perros, lloran los nenes, todos los días a la misma hora por este mismo balcón y mientras la gente chifla y canta María Elena Walsh, yo quiero prender fuego todo. Por el balcón entran las polillas. Hay una invasión. Hoy encontré cuatro muertas en el living y una entró al baño mientras me duchaba. Cerré mi placard y así encerré a mi ropa para que no se la coman. Miré a mis camisas y les dije: I feel you, girls, estamos todxs en la misma ahora. Me siento una camisa aplastada en el fondo de un placard escondida para que no me coman polillas. A veces pienso que me gustaría ir corriendo al Parque de la Costa y lamer todas las barandas de los juegos, pasarles los dedos y metérmelos en los ojos, sacarme los mocos, tocarme los dientes y así terminar con este delirio, encerrarme en mi casa con muchísimos motivos, con vino, con coronavirus. Ponerme un barbijo verde fluo cyberpunk y llamar a los canales de televisión para contarles cómo se viven los síntomas abajo de las sábanas de una cama en Caballito. Me la pasaría refrescando páginas de Internet para ver cuál es el total de muertos y pensaría en cómo se vería mi vida traducida a un numerito más. Incapaz de aceptarme tan indistinguible del resto, escribiría un testamento en estas mismas páginas. Diría cosas como cuál es mi clave de icloud, quién está a cargo de editar mi diario íntimo y qué hacer con mi hermoso cadáver. Me gustaría que me embalsamen con una buena sonrisa, una tanga fucsia, borcegos negros, sentada con una pierna encima de la otra formando un triángulo, en tetas, con el pelo planchado perfecto y una copa de vino tinto en la mano, la botella todavía al lado para que se sirvan mis amigxs cuando me vengan a visitar. Eso y una bandeja siempre llena de sandwichitos de miga.
Buenos Aires - 2020