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Cosas que no pasaron en Buenos Aires

Enterré el último par de medias que me quedaba de un regalo que me hizo un ex en una plaza en la Ciudad de México pensando que así iba a dejar de enamorarme de hombres que me amen a medias.

Un petiso barbudo con riñonera me pagó 40 dólares por chuparme los pies durante dos canciones en una fiesta de un departamento en Chelsea, Nueva York.

Unos tipos que trabajaban en el mercado negro de la ciudad de Panama me llevaron a recorrerlo. Había dos personas jugando al ajedrez sin fichas y un tipo alto y escuálido que tenía una tele de tubo, asientos de avión y a un mono tití atado con piolín. Ese era su living.

Un curandero menudo con vestido negro me paró en Bangkok de noche y me dijo que yo necesitaba healing. Me llevó hasta su casa atrás del mercado. Era un cuarto lleno de DVDs y una cama. Me mostró un álbum de fotos de mujeres desnudas sobre su cama, con las piernas bien abiertas. "I can open you like a flower", me dijo. "No sex", agregó.

Borrachos en Barcelona, le pregunté a un amigo "¿vos quién sos?". "Yo soy energía en un envase fachero", me respondió.

Después del terremoto en la Ciudad de México en septiembre de 2017, mi entonces novio fue el único del que no supimos nada por horas. Me lo imaginé muerto o atrapado entre escombros. Al rato me pasó a buscar en bicicleta por la plaza donde estábamos todos reunidos. Esa noche fue la primera vez que me dijo "mi amor".

Me mudé a Colonia, Alemania, con veinte euros en la billetera. Googlié: "trabajos en Colonia sin alemán". A los dos días estaba laburando en un bar. Con mi primera propina me compré un cubre ojeras.

En Ibiza había un gitano que tocaba la guitarra en la playa todos los días improvisando temas acerca de lo que veía. Sobre la guitarra, armaba una iguana de hashish y si te acercabas a él, arrancaba un pedazo con el dedo gordo derecho y te lo vendía por diez euros.

Un músico cincuentón algo famoso me invitó a su casa en New York. La única ventana estaba totalmente cubierta con ojos de acrílico que miraban hacia adentro y en lugar de luces había tiras led que iban de verde a rojo constantemente. Tenía infinitos bastidores en los que dibujaba unos seres espectrales rodeados de cruces blancas. En el piso, una maraña de cosas indistinguibles. Después de comentarle que uno de sus tatuajes era un "creepy pink dude", se pasó dos horas gritándome acerca de que yo era una narcisista mientras fumaba de su bong y tiraba la cabeza para atrás entre carcajadas. Yo desayuné un yogur con cereales. Él, seis shots de espresso. Nunca más lo volví a ver.

En Sydney me cambié el nombre a Penélope y me hice stripper. Una noche en el que todos los hombres me dieron mucho asco, una compañera me dijo: "Penélope, mejor ser rechazada por lo que sos que amada por lo que no".

Me encontré a Mick Jagger en el VIP de un boliche careta y berreta en Barcelona abrazado a tres minas de 20. Me piropeó el sombrero.

En Parque Tayrona nos quisieron arrestar por estar fumando marihuana con una manzana. Yo era la única que hablaba español. Nos dejaron ir con la condición de llevarse todo lo que nos quedaba. Hasta la manzana.

En Kenya vimos a un león y una leonesa haciendo el amor. Todo el acto no duró más de un minuto. Él acabó y se fue.

Un beduino en Petra me invitó a tomar un café arriba de un monte mientras veíamos el atardecer. Me contó que le dolía ya no poder visitar a su familia en Siria. Tenía la mirada más penetrante que vi. Me regaló un collar con una turmalina celeste. Lo besé.

Un vendedor ambulante re viejito y super humilde que leía poesía argentina sentado en un mercado callejero en Cartagena me recitó de memoria un poema sobre el amor y la posesión. Después me contó un cuento que terminaba diciendo algo como que lo que nos impulsa para adelante es la fe. Antes de irme, me dijo que en el supermercado le habían preguntado si él acumulaba puntos. "Lo único que acumulo son historias", respondió.

Buenos Aires - 2019