17.25 — Algún Starbucks en Manhattan
Durante un par de días, comí desordenado. No tuve atracones feroces y solo una vez me tentó un poco la idea de vomitar. Ni siquiera había comido algo anormal, pero sí más de lo que necesitaba. No tenía hambre, solo comí porque la comida estaba ahí y porque quería comer y quería hacerlo rápido. Pensé en vomitar, después pensé en el bajón de meterme los dedos, las contracciones musculares, las lágrimas que salen de la presión por mis ojos, mirar el fondo del inodoro, verme envuelta en un pasado que aun de a ratos me quema, el dolor en el alma, el desconocimiento, el vicio y el exceso… Decidí no hacer nada, me tiré en la cama un rato a mirar hacia afuera, me di cuenta de que el día estaba soleado y yo estaba un poco deprimida, entonces salí a caminar.
Me puse música nostálgica al palo y caminando, lloré. Lloré un montón, con pena, con bronca, con ganas, con ruido, lloré feliz porque estaba contenta de estar llorando y porque esta vez, en lugar de vomitarlo todo, lo lloré todo. Y al rato me causé gracia, porque no encontré más motivos para estar llorando y empecé a reírme y cambié la música. Llegué a encontrarme con Micky y le conté todo sobre mis cambios de humor, y nos reímos también porque sabemos que pasan, y que son naturales y está buenísimo que la gente te vea llorar. Aunque acá, como en muchos lados, caes en ese anonimato de ciudad super poblada en donde a nadie le importa quién sos y qué te pasa, cada uno sumergido en su mar de existencia individual, incapaces de ver quiénes están flotando (o ahogándose) a su alrededor. Ese anonimato me da un respiro y me confunde a la vez, siento que no importa quién soy y que, al mismo tiempo, es de tremenda importancia que entienda quién soy en esta ciudad donde todo se hunde en un silencio ensordecedor.
También entendí que está bien si a veces siento ganas de comer y vomitar. Es la forma en la cual lidié con la vida durante una década, huyendo de las emociones porque estaba demasiado vulnerable como para soportar sentirlas. A veces, caigo en la tentación de creer que sería más fácil si simplemente me entregase a las ganas de vomitarlo todo, comer todo lo que hay a mi paso sin disfrutar una sola miga, después meterme los dedos hasta arrancarme la voz y sentir, con el placer de una falsa sensación de control, el bolo de comida desafiando la gravedad y subiendo - convertido en una masa indistinguible de hidratos y andá a saber qué más, miedos, pedazos de mi identidad vapuleada, tiempo y la capacidad de sentir - hasta el agujero cloacal en el que supo convertirse mi boca degenerada por el uso reversible que durante tanto tiempo le he dado.
Después escribo ésto y con la precisión sensorial que solo mis dedos pueden darme, me doy cuenta de lo enfermo de mi pensamiento y elijo dejarlo atrás y salir a llorar a los gritos por las calles de una ciudad que no sabe que existo. Y así, con el dolor del pensamiento y la paz de saber que hoy tengo la capacidad de elegir distinto, paso otro día en el que no soy bulímica. Así vivo mi día a día, eligiendo - con mucho, muchísimo esfuerzo - estar mejor. Y lo estoy.
2016 - New York City